Pienso.
Pienso. Pienso. Pienso.
Pienso e intento acordarme dónde lo dejé, en qué momento lo perdí. Sé que no puedo continuar sin él, que mi trabajo y mi vida estarán incompletos si no lo tengo conmigo.
Pienso. Me estrujo el cerebro, pero de nada sirve. Mi mente es un completo vacío, un caos, un espacio cristalino del que nada en claro consigo sacar.
Abro los cajones de la cómoda y busco entre mi ropa interior. Decenas de objetos sin sentido y sin uso me asaltan: El recibo de una compra, de un regalo o de uno de los pocos caprichos que me he permitido en los últimos años; un mostacho falso de color parduzco al más puro estilo siglo XIX con el que he jugado a ser un científico loco. Me lo guardo en el bolsillo. Una armónica oxidada que en algún tiempo pasado alguien me dio y que he tocado en contadas ocasiones. Sigo sin aprender a usarla. Una piedra “mágica” que se suponía que me traería suerte en la vida y que lo único que ha hecho ha sido acumular polvo. ¡Tonterías! ¡Paparruchas, como diría aquél!
Abro otro cajón donde descansan las revistas pornográficas que fui comprando cuando era joven y cuya visión ya no me excita. Observo los cuerpos desnudos de las mujeres, sus sexos abiertos, apetecibles en su momento, decadentes en este instante. Encuentro la bandera de papel de un país extranjero al que soñaba huir cuando tuviese la menor oportunidad. Nunca se presentó tal. Folios arrugados con viejos y pueriles escritos que ahora me avergüenza leer. Las notas de algún curso cuando aún estaba en el colegio y mi máxima preocupación era aprobar el mayor número de asignaturas. Nunca fui un buen estudiante. Granuladas fotografías que me retrotraen a tiempos pasados, tal vez mejores, nunca peores que el actual. Me paro y observo el rostro infantil que me mira con cara sonriente. Me cuesta reconocerme. Nunca estuve allí. Se trata de una mera ilusión óptica. Ni siquiera lo recuerdo. Sonrío y los labios me duelen por la falta de costumbre.
Tiro los cajones al suelo en un arranque de ira, frustración e impotencia por no encontrar lo que busco. ¿Dónde puede estar? ¿Dónde demonios lo dejé?
Abro los armarios y rebusco entre mi escasa ropa pasada de moda con olor a rancio. Veo una de sus blusas, olvidada poco antes de huir de mí, de salir tan deprisa de mi vida como le fue posible, sin mirar atrás, sin dar mayor importancia a los años que pasamos juntos. Enciendo un mechero y la prendo fuego tal y como está, colgada de una percha de hierro. Observo con deleite cómo la prenda va desapareciendo ante mí. Sin embargo, el fuego no se detiene ahí y pasa con agilidad al resto de la ropa. El armario comienza a arder por dentro. Sigo a lo mío.
Abro más cajones entre maldiciones inaudibles. Desordeno la cama. Me encuentro con objetos que antaño tuvieron algún significado para mí, con libros que alguna vez leí y películas que más de una noche alegraron mi soledad. Observo los trofeos ganados en el instituto, en aquellos días en los que comencé a querer morir. Hay una bolsa llena de cartas procedentes de un antiguo amor y de aquellos amigos que ya no están. Leo por encima algunas de ellas mientras el fuego continúa devorando la habitación. Parece mentira que alguien me haya querido alguna vez. Aparto las cartas, las tiro al fuego junto con un par de pistolas de juguete y un sombrero de vaquero. Me monto en el vetusto caballo de plástico que me acompañó en mis fantasías hasta no hace mucho tiempo. Rompo con cierta tristeza, uno a uno, los más de cien vinilos que con tanto esfuerzo compré hace años y lanzo al otro lado de la habitación aquellas viejas e inútiles cintas en las que grababa programas de radio cuyas voces fantasmales nadie volverá a escuchar.
El humo pincha mis ojos y se mete por mi garganta hasta llenar mis negros pulmones de aire irrespirable. Toda la habitación está inundada de fuego. Es preciso que salga de aquí, así que me monto de nuevo en mi viejo caballo de plástico y dejo la estancia al galope. ¡Qué maravillosa visión ver todo consumido por el fuego, destruido, mientras las fotografías en blanco y negro en las que ella hacía la pantomima de quererme se vuelven negras y desaparecen! ¡Oh, cenizas que flotan en el aire cubiertas de cáncer mentiroso! ¡Cuánta alegría me invade en un momento! No sé si podré resistirlo. Y la casa arde, se caen las lámparas, las mesas, los libros y las estanterías que los sujetan. Se caen los recuerdos y me regocijo en ello. Y comienzo a reír como un loco sin importarme si he perdido definitivamente la cabeza. ¿Qué más da?
Debo encontrar lo que busco antes de que sea demasiado tarde. Los vecinos han tirado la puerta no sé cómo y me miran extrañados sobre mi corcel de plástico. Algunos llaman a los bomberos, otros se dedican a llenar cubos de agua. Yo, sin embargo, sigo buscando, abriendo cajones, tirando papeles y bolsas. Más fotos, más recuerdos sin importancia. Más escritos sin calidad. Más mierda de un tiempo que creí sincero. ¡Qué iluso he sido siempre! Más rencor escondido; más mentiras que acabo por descubrir; más objetos que me hacen parecer estúpido. Seguramente lo sea.
Y entonces lo encuentro, mientras los vecinos se afanan en apagar el fuego que se resiste a morir no sin antes acabar con todo. Uno de mis pocos aliados. Me dan por loco, no me hacen caso. Me importa poco. Cojo el cuaderno en blanco que compré dos semanas antes. Es lo único que necesito. Eso y un bolígrafo. Nada más. Lo suficiente para comenzar una nueva vida, lejos de aquí, lejos de ella y su recuerdo, y su perfume, y su risa falsa, y sus sentimientos. ¿Y sus sentimientos? Lejos de esta casa que me ha ido matando poco a poco. Al fin soy libre. Mi cuaderno y yo y toda una vida por delante.
Me coloco el mostacho falso encima de mis labios y salgo de la casa en llamas a lomos de mi viejo caballo de plástico. Soy invencible.
