jueves 17 de diciembre de 2009

AQUEL OBJETO NECESARIO

Pienso.


Pienso. Pienso. Pienso.

Pienso e intento acordarme dónde lo dejé, en qué momento lo perdí. Sé que no puedo continuar sin él, que mi trabajo y mi vida estarán incompletos si no lo tengo conmigo.

Pienso. Me estrujo el cerebro, pero de nada sirve. Mi mente es un completo vacío, un caos, un espacio cristalino del que nada en claro consigo sacar.

Abro los cajones de la cómoda y busco entre mi ropa interior. Decenas de objetos sin sentido y sin uso me asaltan: El recibo de una compra, de un regalo o de uno de los pocos caprichos que me he permitido en los últimos años; un mostacho falso de color parduzco al más puro estilo siglo XIX con el que he jugado a ser un científico loco. Me lo guardo en el bolsillo. Una armónica oxidada que en algún tiempo pasado alguien me dio y que he tocado en contadas ocasiones. Sigo sin aprender a usarla. Una piedra “mágica” que se suponía que me traería suerte en la vida y que lo único que ha hecho ha sido acumular polvo. ¡Tonterías! ¡Paparruchas, como diría aquél!

Abro otro cajón donde descansan las revistas pornográficas que fui comprando cuando era joven y cuya visión ya no me excita. Observo los cuerpos desnudos de las mujeres, sus sexos abiertos, apetecibles en su momento, decadentes en este instante. Encuentro la bandera de papel de un país extranjero al que soñaba huir cuando tuviese la menor oportunidad. Nunca se presentó tal. Folios arrugados con viejos y pueriles escritos que ahora me avergüenza leer. Las notas de algún curso cuando aún estaba en el colegio y mi máxima preocupación era aprobar el mayor número de asignaturas. Nunca fui un buen estudiante. Granuladas fotografías que me retrotraen a tiempos pasados, tal vez mejores, nunca peores que el actual. Me paro y observo el rostro infantil que me mira con cara sonriente. Me cuesta reconocerme. Nunca estuve allí. Se trata de una mera ilusión óptica. Ni siquiera lo recuerdo. Sonrío y los labios me duelen por la falta de costumbre.

Tiro los cajones al suelo en un arranque de ira, frustración e impotencia por no encontrar lo que busco. ¿Dónde puede estar? ¿Dónde demonios lo dejé?

Abro los armarios y rebusco entre mi escasa ropa pasada de moda con olor a rancio. Veo una de sus blusas, olvidada poco antes de huir de mí, de salir tan deprisa de mi vida como le fue posible, sin mirar atrás, sin dar mayor importancia a los años que pasamos juntos. Enciendo un mechero y la prendo fuego tal y como está, colgada de una percha de hierro. Observo con deleite cómo la prenda va desapareciendo ante mí. Sin embargo, el fuego no se detiene ahí y pasa con agilidad al resto de la ropa. El armario comienza a arder por dentro. Sigo a lo mío.

Abro más cajones entre maldiciones inaudibles. Desordeno la cama. Me encuentro con objetos que antaño tuvieron algún significado para mí, con libros que alguna vez leí y películas que más de una noche alegraron mi soledad. Observo los trofeos ganados en el instituto, en aquellos días en los que comencé a querer morir. Hay una bolsa llena de cartas procedentes de un antiguo amor y de aquellos amigos que ya no están. Leo por encima algunas de ellas mientras el fuego continúa devorando la habitación. Parece mentira que alguien me haya querido alguna vez. Aparto las cartas, las tiro al fuego junto con un par de pistolas de juguete y un sombrero de vaquero. Me monto en el vetusto caballo de plástico que me acompañó en mis fantasías hasta no hace mucho tiempo. Rompo con cierta tristeza, uno a uno, los más de cien vinilos que con tanto esfuerzo compré hace años y lanzo al otro lado de la habitación aquellas viejas e inútiles cintas en las que grababa programas de radio cuyas voces fantasmales nadie volverá a escuchar.

El humo pincha mis ojos y se mete por mi garganta hasta llenar mis negros pulmones de aire irrespirable. Toda la habitación está inundada de fuego. Es preciso que salga de aquí, así que me monto de nuevo en mi viejo caballo de plástico y dejo la estancia al galope. ¡Qué maravillosa visión ver todo consumido por el fuego, destruido, mientras las fotografías en blanco y negro en las que ella hacía la pantomima de quererme se vuelven negras y desaparecen! ¡Oh, cenizas que flotan en el aire cubiertas de cáncer mentiroso! ¡Cuánta alegría me invade en un momento! No sé si podré resistirlo. Y la casa arde, se caen las lámparas, las mesas, los libros y las estanterías que los sujetan. Se caen los recuerdos y me regocijo en ello. Y comienzo a reír como un loco sin importarme si he perdido definitivamente la cabeza. ¿Qué más da?

Debo encontrar lo que busco antes de que sea demasiado tarde. Los vecinos han tirado la puerta no sé cómo y me miran extrañados sobre mi corcel de plástico. Algunos llaman a los bomberos, otros se dedican a llenar cubos de agua. Yo, sin embargo, sigo buscando, abriendo cajones, tirando papeles y bolsas. Más fotos, más recuerdos sin importancia. Más escritos sin calidad. Más mierda de un tiempo que creí sincero. ¡Qué iluso he sido siempre! Más rencor escondido; más mentiras que acabo por descubrir; más objetos que me hacen parecer estúpido. Seguramente lo sea.

Y entonces lo encuentro, mientras los vecinos se afanan en apagar el fuego que se resiste a morir no sin antes acabar con todo. Uno de mis pocos aliados. Me dan por loco, no me hacen caso. Me importa poco. Cojo el cuaderno en blanco que compré dos semanas antes. Es lo único que necesito. Eso y un bolígrafo. Nada más. Lo suficiente para comenzar una nueva vida, lejos de aquí, lejos de ella y su recuerdo, y su perfume, y su risa falsa, y sus sentimientos. ¿Y sus sentimientos? Lejos de esta casa que me ha ido matando poco a poco. Al fin soy libre. Mi cuaderno y yo y toda una vida por delante.

Me coloco el mostacho falso encima de mis labios y salgo de la casa en llamas a lomos de mi viejo caballo de plástico. Soy invencible.

CELO

Cuando entro en la habitación de mi acompañante, su madre está cosiendo con cierta delicadeza el cráneo de la muchacha con agujas de punto. Tras el grave accidente, la piel de su cabeza se abre cada cierto tiempo, dejando al descubierto el color blanco del hueso en una imagen un tanto desagradable. Sólo un hilo fuerte y grueso consigue mantener durante bastantes días la herida cerrada. Coser aquella carne muerta se ha convertido en una costumbre que a nadie sorprende, ni siquiera a mí, que en cierto modo soy nuevo en su vida.


La madre me observa de arriba abajo con una sonrisa sincera en sus labios amoratados. Saludo de forma escueta, pasando nervioso la rosa azul que llevo de una mano a la otra. Mi pareja, una hermosa y rubia muchacha de la que siempre he estado enamorado, da los últimos toques de maquillaje a su rostro frente al espejo. Veo su reflejo mirándome con cierto brillo en los ojos. Soy incapaz de hacer otra cosa que permanecer quieto ante tal belleza. El corazón golpea mi pecho con la fuerza de un martillo.

Está prácticamente lista para el baile que nos espera, para la noche eterna con la que he estado soñando toda mi vida. Su madre termina de dar las últimas puntadas con las agujas y se retira un par de pasos para no molestar. Su sonrisa apenas se diluye. Lo único que echo en falta es una música de violines que amenice nuestros oídos para que la escena sea perfecta, sacada de un cuento romántico. La muchacha se levanta de la silla y me mira directamente a los ojos, no sin antes reparar en mi traje azul claro y mi camisa de chorreras que con tanto esfuerzo compré la semana pasada para la ocasión. Se acerca lentamente a mí, cogiendo con cierta desgana la rosa que le ofrezco. Cuál es mi sorpresa cuando veo que deja caer la flor al suelo y la pisa sin darse cuenta, como imbuida en un sueño. Antes de que pueda protestar o decir algo, su lengua se mete con brusquedad en mi boca. Se revuelve como una serpiente decapitada, húmeda y dulce. Muerde mis labios, intenta llegar hasta el fondo de mi boca, me abraza de tal forma que corta el movimiento mecánico de mi pecho. No puedo hacer nada, no se me permite. Veo su cara estrujada contra la mía, con los ojos cerrados, frunciendo el ceño y restregando su boca roja en un acto de pasión que no me esperaba. Demasiado intenso para ser cierto. Demasiado violento incluso para disfrutarlo. Veo a la madre que ha dejado de sonreír y nos mira preocupada por lo que sucede. Intento con la mirada hacerle comprender que nada es culpa mía, pero no creo que me entienda. Cuando siento la mano de la muchacha aterrizar en mi entrepierna, ahogo un quejido en su boca que nadie escucha. Baja la cremallera del pantalón y saca mi miembro inocente y dormido de su madriguera. Lo aprieta, lo acaricia con violencia, lo engorda, se lo lleva a la boca. Yo me dedico a mirar a su madre y a encogerme de hombros. No puedo hacer otra cosa. No sé que hacer. La muchacha chupa y muerde mi pene, lo lame como quien bebe sediento de una fuente en mitad de ninguna parte. Me hace daño, pero por más que intento apartarla no lo consigo.

La madre se lleva las manos a la cabeza y grita el nombre de su marido entre lamentos agudos que están a punto de reventar mis oídos. Ahora sí que voy a tener problemas. Deseaba que algo así sucediese pero de otra forma y al final de la noche, en completa intimidad. Todo esto me sobrepasa. La chica se incorpora, se sube la falda con volantes por encima de la cintura y, apartando a un lado las bragas blancas e impolutas, me enseña su sexo velludo y chorreante en una imagen que me costará sacar de mi cabeza y que me perseguirá hasta el final de mis días. Seguro. Pasa un brazo por mis hombros, acercándome aún más a ella, y se introduce con la otra mano mi pene en su vagina ardiente. Y una explosión de sensaciones se arremolina en mi cabeza haciéndome perder el control. La vergüenza de exponerme de tal forma ante su madre se mezcla con el deseo hecho realidad y la sorpresa de los acontecimientos, que me dejan a merced de lo que a la muchacha le plazca.

Entonces entra el padre. Lo sé por el insulto irreproducible que vomita por su boca. Giro la cabeza asustado y le veo con los ojos encendidos y los dientes rechinando en su boca. Es un hombre mayor pero de aspecto amenazante y violento. Agarra con fuerza el brazo de su hijo menor, quien comienza a escupir sonoras carcajadas de una boca cubierta de sangre. Sin duda el padre se ha estado ensañando momentos antes con él. Pero al chico eso no parece importarle, sino que cada vez son más grandilocuentes sus risas y sus gestos. Y cuando el padre le suelta para arremeter contra mi persona, el chico comienza a bailar de forma estúpida a nuestro alrededor, como el coro que ninguno de los dos habíamos pedido. ¡Qué situación más embarazosa! El padre me sujeta con fuerza por los hombros, clavando los hierros que tiene por dedos y produciéndome un dolor indescriptible. Intenta tirar de mí para separarme de la chica a la que amo. O amaba, pues ya no sé qué pensar. Y mientras, los gritos agudos de la madre, las danzas bufonescas del hermano y los improperios subidos de tono del padre. Y por mucho y muy fuerte que empuje, el hombre no consigue separarme de la chica, quién, ajena a todo lo que sucede a su alrededor, parece ser la única que disfruta. Mi pene se ha convertido en el de un perro y mucho me temo que hasta que no eyacule nadie podrá separarnos. Sin embargo, a cada sacudida del hombre enfurecido, mi pene parece quebrarse por dentro y no puedo evitar gritar de dolor. Así no creo que eyacule nunca. Ahora la madre se une a su marido y juntos tiran de mí, pero es imposible. Mi pene se ha enganchado de tal forma a la vagina de la chica que temo desgarrarla por dentro al sacarla. Recibo golpes en la cara, bofetadas y puñetazos que me atontan e incrementan el dolor por encima del placer. Si esto sigue así van a conseguir matarme. Y antes de que analice en profundidad lo que acabo de pensar, noto algo frio y largo clavarse en mi oído e introducirse hasta donde no es posible seguir viviendo. El mundo me da vueltas y se vuelve amarillo, mientras una de las agujas de punto hace estragos en mi joven cerebro. Ni siquiera puedo articular palabra alguna. De mi boca salen unos extraños sonidos babeantes que anuncian el fin. Y cuando caigo al suelo, la aguja se clava aún más en mi oído, dejándome un par de instantes para comprobar que hay un par de cadáveres debajo de la cama, tan jóvenes como yo, tan elegantes como yo y con agujas de punto clavadas en sus orejas. Entonces cierro los ojos. No necesito saber más.

jueves 12 de noviembre de 2009

ALIMENTÁNDOME DE BOLAS DE POLVO Y VESTIGIOS DE MI PROPIA DEGRADACIÓN

Mientras la luz avanza por la habitación, la oscuridad se hace más patente desde donde estoy situado, la observo como hago cada día desde que decidí adoptar esta nueva situación, por propia iniciativa, por esconderme del resto del mundo, por adquirir una nueva personalidad y una vida nueva, ya que la anterior, la que hasta el momento había estado sufriendo, había llegado a un punto en el que era imposible retroceder y mucho menos avanzar, saco la lengua, la pego contra el suelo de linóleo y absorbo los restos de polvo que el día anterior ha ido sembrando, así me alimento, así voy tirando en esta nueva perspectiva que un día decidí adquirir, porque si, porque ya era hora de un cambio que no se producía y por el que ya no me quedaban fuerzas para seguir esperando, mastico sin masticar, inyectando saliva espesa en la nube de polvo que intento tragar, la luz avanza pero no llegará a tocarme ni a invadir mi nuevo espacio vital, saco la lengua, seca, quizá blanca y rugosa, no lo sé y la paseo por el suelo otra vez, rumiando bolas de polvo gris que me hacen seguir vivo sin saber siquiera si deseo que esto ocurra, rodeado de sombras que van cambiando a lo largo del día, según la incidencia de la luz que se cuela por la ventana, dejando atrás la vida que acompaña, y aquí, debajo de la cama en la que tantas noches y tantos días anteriores soñaba despierto como una escapatoria a mi vida aburrida, he encontrado un nuevo punto de vista que me permite observar sin ser visto, vivir sin que me molesten , cuánto tiempo llevo aquí, no lo sé, no recuerdo, me niego a hacerlo, no quiero acordarme, sería como contar de nuevo los días que voy sufriendo, y no es que la situación haya mejorado, ni mucho menos, me atrevo a decir que nunca mejorará, esté donde esté, haga lo que haga, pero el cambio me ha dado cierto optimismo del que carecía anteriormente y un punto de vista distinto que me hace querer seguir avanzando en el ostracismo, aunque no haga nada excepto alimentarme de pelusas de polvo que son consecuencia de mi propia degradación, al menos, aquí, escondido sin esconderme del todo, puedo ser yo sin necesidad de ponerme una máscara o una sonrisa con la que saludar al resto del mundo, soy yo y sólo yo, aunque empiece a darme cuenta de que el verdadero problema siempre ha estado en mí y no en las demás personas que me han acompañado, no me soporto, da lo mismo dónde me halle, dónde me esconda, siempre estaré conmigo mismo, primero aislándome en esta habitación durante un tiempo indeterminado y del que carezco de los recuerdos necesarios como para poder decir algo, ahora oculto debajo de la cama, sufriendo la soledad tantas veces anhelada y la invisibilidad en vida, quería que nadie me viese, como si no existiese, que me dejasen en paz con sus palabras y sus frases hechas, con el tedio absoluto de sus charlas interminables mientras mis oídos y mi cabeza se resentían cada vez con mayor asiduidad, dolor intenso de mente cuerpo que era imposible soportar, mientras la monotonía del día a día se hacía cada vez más dura y las nauseas me impedían siquiera salir de esta habitación que se ha convertido en mi hogar desde que yo recuerde, me niego a hacerlo, quiero borrar cualquier vestigio del pasado, cualquier esperanza de un futuro incierto, aunque sé que aquí moriré, cuándo, no lo sé, no me lo planteo, aunque me trae sin cuidado, debajo de la cama, esperando, dejando consumir mi existencia, me rasco el cuello con ahínco, clavando las uñas que han ido creciendo sin remedio, sin pausa, a lo largo de este tiempo, me he ido dejando, abandonando, aunque me es imposible huir de mí mismo, de mis pensamientos, de mi mente enferma y de la podredumbre que me corroe por dentro y por fuera, y aunque el hedor que voy dejando al principio se hacía insoportable, por suerte me he ido acostumbrando, como todo, no como todo pero si a una buena parte de mi vida, y estoy harto de acostumbrarme, de adaptarme, de hacer sentir lo que no siento, si es que algo siento, y como cada día a esta hora, supongo que es la misma hora pues no puedo comprobarlo, la puerta de la habitación se abre y veo sus pies enfundados en dos zapatos que siempre son los mismos y que cada día se ven más viejos, más desgastados, más insulsos de lo que ya lo son, acompañando un paso lento y torpe que conozco a la perfección, y la nausea ataca mi estómago y me hace sentir mal, como cada día cuando ella aparece, mas no es el momento de ponerme a vomitar, sino de aguantar cuanto pueda y hacer el menor ruido posible para pasar desapercibido, no dar muestras de mi existencia y esconder mis flaquezas, debajo de la cama, no toser ni moverme, apenas respirar, pues ella es más lista de lo que alguna vez llegué a pensar, pudiendo dar conmigo en cualquier momento, y eso sería el fin, no sé de qué, pero el fin de algo, por lo que permanezco aquí escondido, viendo y oyendo la vida pasar, y casi ni pienso, no vaya a ser que pueda escuchar mis devaneos mentales, la subestimé, ni siquiera la amé, no sé, quizá un poco, se acerca a la ventana y la abre como hace cada día, dejando que la luz cegadora penetre sin obstáculo alguno, permitiendo que el aire fresco invada la habitación, renovando la atmósfera, intentando amortiguar de alguna forma un olor que se ha hecho insoportable, que yo mismo provoco con mi cuerpo corrupto, con mis defecaciones y expulsiones de líquidos varios, no se ni cómo tiene el valor de entrar y representar cada día la misma pantomima ante un público mudo y ciego, ¿acaso no tiene vida? ¿acaso no puede dejar la mía en paz? Se ve que no, que es superior a sus fuerzas, se sienta en la cama y noto como ésta se hunde sobre mi cabeza, tengo sus pies tan cerca que ni siquiera sería necesario alargar el brazo para poder tocarlos, veo su piel blanquecina tras las medias arrugadas y algo en mi interior se revuelve, la nausea se presenta de nuevo con mayor fuerza que antes, podría vomitar en estos momentos una buena porción de bilis negra, pero hago esfuerzos sobrehumanos por mantenerla en su sitio, por apaciguar la arcada, por tranquilizar mi alma, hasta mí llegan los ecos de la vida exterior a través de la ventana abierta, las risas, las voces torpes y escandalosas, los zapatos chocando contra el pavimento, las conversaciones banales del día a día, de la repetición de actos y palabras, de copias baratas de un día primigenio en el que todo surgió o en el que me día cuenta de que nada cambiaba, que todo permanecía tal cual y que así sería por el resto de mis días, que los cambios ni siquiera se percibían, los mismos rostros, la misma monotonía insoportable que iba mermando mis fuerzas, trastornando mis sentidos, y como cada día, sus lloros se hacen audibles por toda la habitación, chocando y rebotando con las paredes, inundando mi espacio vital, haciéndolo insufrible por unos instantes, aquellos en los que decide desahogarse, ¿por qué aquí?, yo no hago daño a nadie, ¿por qué entonces ha de molestarme con sus lloros y lamentos? Tuerzo la cabeza, clavando los ojos en la pared, perdiéndome en las sombras que en ella se dibujan, escapando de la tristeza que, como el hedor que transmito, forman parte de esta habitación, pero no quiero que sus lágrimas invadan un espacio que me pertenece, que es mío por derecho propio, que no es suyo por mucho que abra la ventana y deje caer su desasosiego como quien esparce la basura a patadas “¿Cuándo piensas salir de ahí?” dice entre sollozos repugnantes que me obligan a cerrar los ojos e intentar pensar en cosas más agradables, fundirme en mi propia oscuridad, huir tan lejos como mi espíritu capado me permita, “ya no sé qué hacer o qué decir… La gente pregunta y ya no sé qué responder…”, el cielo azul de una primavera negra, de un tiempo en el que fui feliz, y las risas congelan mi alma imberbe, la revuelcan por cierta alegría que padezco, “ya van dos semanas… ¡dos semanas!... la gente pregunta… ¿es que no piensas salir nunca de ahí?... ¿es que acaso te propones morir debajo de la cama?...”, la música flota en el ambiente y recuerdo, aunque no quiera recordar, pero es una forma de huir, de no ser, de no estar donde estoy, de no tener que escuchar y poder dar de lado mis obligaciones, recuerdo, “yo te quiero…”, sus lloros atraviesan mi cerebro, machacándolo, haciéndolo sangrar, rompiéndolo en mil pedazos desechables, se intensifican, se convierten en estiletes de plata, en puñales de mercurio que se clavan en mis oídos, recuerdo, recuerda, es necesario huir, no escuchar, no sentir, el aquí y ahora no existe, no debe existir, ella no es ella sino un pensamiento desquiciado que consigue conquistar mi cerebro, recuerda, recuerdo, saco la lengua y al mismo tiempo que vomito una pequeña cantidad de bilis, engullo otra bola de polvo para seguir alimentándome “tenemos que buscar una solución para esto… juntos… no podemos seguir así… cada día se hace más difícil… ¿me escuchas?... ¿duermes?... no quieres escucharme… ¡pues tendrás que hacerlo!... ¡ésta es también mi vida!...” todos los días lo mismo, todos los días igual, no he conseguido huir, sólo he cambiado de punto de vista “¿tanto mal te he hecho… ¿me he portado tan mal contigo?... ¡dímelo, por favor!” y no puedo por menos que sentir cierta pena por ella, aunque no la recuerde o no quiera acordarme, que viene a ser lo mismo, entonces, como cada día a esta hora aproximadamente, se levanta de la cama, cierra la ventana, ocultando de nuevo los sonidos del exterior, y se dirige sin pausa a la puerta, saliendo de la habitación entre pucheros y balbuceos indescifrables, observo en todo momento el movimiento de sus pies yendo de un lugar a otro y desapareciendo finalmente tras la puerta, cerrándola tan fuerte que las paredes vibran y mi cabeza estalla, silencio, de nuevo yo y yo mismo, de nuevo la soledad, tan necesitada, tan ansiada, y sin embargo me planteo un cambio de situación, un nuevo lugar donde la perspectiva sea diferente, donde no sea necesario escuchar más, donde esta leve congoja que ahora siento y que todos los días se repite tras su visita fugaz desaparezca del todo para poder concentrarme en lo que creo que es necesario, mi huida, mi muerte, mi soledad y la oscuridad que debe adoptarme, observo el resto de la habitación, diáfana y clara como mi cerebro, y me fijo en el armario que espera pacientemente a ser usado, a abrir sus puertas para engullir, un buen lugar donde esconderse, donde pasar el resto de mis días, o al menos aquellos que me dejen pasar, porque sé que no hay escapatoria posible ni forma de huir, tranquilo, en la más absoluta soledad, solo con mis pensamientos y mi cuerpo enfermo, me arrastro por el suelo, dejando atrás las inmundicias y los restos de polvo, los recuerdos de un pasado cercano del que nunca más volveré a acordarme, una parte de mi vida que me aburre mencionar, corro hacia el armario no vaya a ser que me pillen en el intento y agarro con fuerza el tirador una vez que lo he alcanzado, abro la puerta y los goznes chirrían dándome la bienvenida, con dolor, pues mis huesos y músculos permanecen entumecidos tras todo el periodo que he pasado debajo de la cama, me incorporo como puedo y me introduzco en el armario, cerrando la puerta tras de mí y fundiéndome con la oscuridad y el olor a naftalina, respiro profundamente, mientras noto que mi corazón está a punto de salirse por la boca, y cierro los ojos mientras esbozo una tímida sonrisa de satisfacción.

viernes 30 de octubre de 2009

EL HEDOR DE MI CADÁVER


El olor a cerrado, a muerte en vida, a tiempo que pasa y no se detiene, y en cambio deja excrementos por las esquinas, me recibe como cada día, como cada jornada monótona e insípida, en cuanto abro la puerta y entro en casa, el olor a cerrado y a tristeza infinita, a vidas dadas la vuelta, a llantos mudos y palabras vacías, y llego de noche, mientras el viento sopla gélido en el exterior, tras una serie de horas interminables trabajando en la fábrica, sudando sangre, ajustando aquí, arreglando allí, dejándome el espíritu en un mismo lugar día tras día, sin que nadie me lo agradezca y sin tener la oportunidad de disfrutar del dinero que recibo, una miseria, una asquerosa miseria que no es capaz de llenar el bolsillo trasero de mi pantalón, el más pequeño de todos, y suspiro sin darme cuenta y sin que nadie me oiga, mientras cierro la puerta, amargo sentimiento que apenas puedo describir y que me hunde en una desidia constante y que amordaza mi alma, si es que a estas alturas de vida todavía tengo tal cosa, y mi hijo se sienta en la cocina, en silencio, en completo silencio, despidiendo un olor a cerrado y a muerte en vida, como la casa, que me entristece y me llena de culpa, es imposible hablar con él, intentar dialogar, es igual que yo, o yo fui como él a su edad, apenas le conozco, le he visto crecer y apenas le conozco, ni siquiera sé como suena el timbre de su voz, intento recordar… nada, es imposible, no es capaz siquiera de levantar la vista del café al que da vueltas interminables con una cucharilla que rompe el silencio ensordecedor de la casa, no me saluda, no existo para él, podría intentar mantener una conversación, pero sólo somos dos extraños que vivimos en la misma casa, y a veces ni eso, ¿de qué podríamos hablar? no sé lo que le gusta, qué hace cuando no está sentado en la cocina bebiendo café, es un misterio para mí, y probablemente yo lo sea para él, aunque sé que ni siquiera piensa en mí, en lo que hago, en lo que me gusta, en lo asquerosa que es mi vida, frustrante, los dos con los labios sellados, espero que me mire, pero es del todo inútil, abstraído está en sus pensamientos, en sus propias locuras de jovenzuelo rebelde, es mejor dejarlo así, me quito el abrigo y la gorra, y me dirijo a la habitación mientras el sonido de mis zapatos  choca contra las paredes vacías de la casa, ahí está mi mujer, sentada en la cama, con el camisón puesto y mirando fijamente al exterior a través de la sucia ventana de nuestra habitación, así se pasa el día, así la dejé esta mañana, pensando, observando, mirando todo aquello que su vista es capaz de captar, pues la noche se ha echado encima y poco hay que mirar, pero ella se pasa las horas muertas con la vista fijada en el cristal, tal vez soñando, tal vez simplemente existiendo, tampoco hay saludo por su parte o al menos no lo he oído, tampoco quiero decir nada, cuelgo el abrigo en el armario y dejo la gorra encima de la cama, la miro mientras me quito los zapatos, sintiendo que mis dedos por fin vuelven a vivir, veo cómo el paso de los años ha hecho mella en su cuerpo, los huesos se pegan a su piel blanquecina, su pelo se ha vuelto cano, y ese viejo camisón con agujeros por todas partes…, ¿quién eres en realidad? no sé dónde está la mujer con la que me casé, a lo mejor tampoco soy el hombre con el que se casó, pero me gustaría saber qué piensa, que surge de esa cabeza loca que en algún momento pasado llegué a amar, tengo deseos de decirle algo, pero me muerdo los labios y salgo de la habitación apagando la luz tras de mí, el olor a cerrado y a muerte en vida, a paso del tiempo, o mejor, a tiempo estancado, y descanso mi cuerpo molido en una vieja silla que aguanta como puede mi peso, y saco un cigarrillo del bolsillo de mi camisa, miro a un lado, miro al otro y me fundo en la soledad de la sordera, mientras el humo se eleva hasta el techo y comienzo a morderme las uñas.

lunes 26 de octubre de 2009

LA OFICINA DE ASUNTOS MATEMÁTICOS‏

Hay un teléfono, y una máquina de sumar, y un bote de lápices, casi todos sin punta, y papel secante, y una goma de borrar mordida, y un bloc de notas, y la foto en color sepia de mi director general cazando un tigre en algún país lejano, en uno de los innumerables viajes de placer que dicen que disfruta, y todo está colocado estratégicamente en la mesa de trabajo para facilitar la labor que desempeño. Es la segunda semana que estoy aquí y aún es pronto para juzgar y decir que estoy contento de haber entrado a formar parte de la Oficina de Asuntos Matemáticos. Es pronto para hacerme una idea general, aunque bien podría pasar a describir lo que me rodea para así recolocar mi cerebro y hacer algo mientras las cuentas no salen. Me aburro. Este no es el trabajo de mi vida, aunque es muy probable que aquí termine mis días. No está mal. Podría ser peor, la verdad. Me da el dinero necesario para pagar a mi casera y poder darme algún capricho, aunque no sea un hombre de caprichos y me pase el poco tiempo libre que me queda encerrado en mi habitación escribiendo en viejos cuadernos repletos de tonterías varías que me ayudan a relajar mi espíritu.
En la oficina trabajamos únicamente tres personas y el coordinador, cuya oficina se sitúa a mi espalda y su puerta permanece cerrada la mayor parte del tiempo. Nadie le ha visto nunca, o por lo menos eso es lo que la señorita X me ha contado. Yo, por lo pronto, no he sido testigo de que esa puerta se haya abierto en ningún momento, lo cual añade un halo de misterio a este trabajo burocrático tan aburrido como monótono. Los otros tres nos situamos a lo largo de un gran pasillo en el que se amontonan papeles y legajos que debemos revisar y sus cuentas resolver. Nos vienen encargos de todo el país, así que no creo que me falte el trabajo. A veces, la tarea se congela por un error de trámite, como hoy, en el que mi compañero “el manco” debe resolver el entuerto lo más rápido posible, mientras la señorita X y yo matamos el tiempo como podemos y como mejor sabemos hacer. “El manco” es un hombre de edad avanzada cuya jubilación no creo que ande muy lejos. No he hablado mucho con él, los habituales saludos y comentarios propios del trabajo, pero poco más. Le falta el brazo derecho, lo cual no ha supuesto impedimento alguno para realizar su labor. Es el que, sin duda, más sabe de todos nosotros, aunque hay algo extraño en su mirada y en sus costumbres que consiguen helar mi sangre. Me explico. Alguien le dijo una vez, y esto lo sé porque la señorita X me lo comentó en su momento, que masajeando su muñón conseguiría que su brazo volviese a crecer. Yo no le hubiese dado mayor importancia a comentario tan absurdo, la verdad, aunque tampoco me he visto en la situación de faltarme un brazo o cualquiera de mis extremidades. Lo cierto es que el hombre se pasa el día entero masajeando su muñón con tal suavidad e ímpetu que yo mismo crecería si fuese un brazo cortado. Y lo cierto es que parece que da resultado, a juzgar por las palabras de la señorita X. Según ella, el muñón de nuestro viejo compañero no llegaba a la altura del codo hace apenas unos meses, y ahora, cosa que yo mismo puedo comprobar, mide lo mismo que un brazo cercenado por el antebrazo. Increíble, si las palabras de la señorita X son ciertas. No tengo por qué dudar de ello. Lo malo de todo esto es que “el manco” ha decidió hace tiempo probar su técnica con otras partes del cuerpo, y es realmente asqueroso verle magrearse la entrepierna con tal dedicación, que lo de su brazo parece un chiste. Puede que sea una excusa para poder masturbarse a placer todos los días, pero he podido comprobar que, por el bulto que se aprieta en sus pantalones grises, su erección cada vez es de mayor tamaño. Y no sólo eso. También, y sólo para probar que su teoría es correcta o como una simple broma, masajea su cabeza, en la cual ha empezado a crecer una extraña protuberancia y su pecho, en el que dos pequeños senos asoman su forma entre la chaqueta abierta. Verdaderamente desagradable, pero se puede vivir con ello. Sólo hay que mirar para otro lado y aguantar la respiración cuando pasa a tu lado, pues suelta un fuerte hedor que mi nariz nunca antes había olido y que me resulta difícil de describir.
En cuanto a la señorita X, podría decir que es algo más normal. Podría decirlo, pero no lo haré. Se sienta enfrente de mí y siempre que levanto la vista la veo observándome a través de esas gafas de pasta negra que le hacen más mayor, pero que no consiguen mitigar el atractivo que la caracteriza. Me ponen nervioso sus miradas. No sé si vigila mis movimientos por una cuestión laboral o hay algo más. En cualquier caso, no estoy preparado para ninguna relación por ahora, de modo que intento hacerle el menor caso posible. Pero es imposible no darse cuenta de las curvas rectilíneas que se dibujan en esos trajes-chaqueta grises que continuamente viste. ¿O es siempre el mismo vestido? No sé qué decir ni qué pensar. Lo cierto es que el ambiente en la oficina está algo cargado, tal vez también porque no tenemos ni una sola ventana ni conducto de aire por el que se renueven nuestro sudores y alientos, nuestros efluvios corporales, nuestro trabajo diario. La pobre señorita X… No me importaría terminar un día de estos en la cama con ella. Pero, ¿y después qué? A veces se ríe sin venir a cuento, por propia iniciativa, sin que nadie haya contado algo gracioso o haya pasado algo fuera de lo común. Creo que le falta un tornillo, pero eso la confiere mayor atractivo.
Y después estoy yo, un chico normal, tan normal que doy asco; tan trabajador como me es posible, tan responsable que temo levantar las envidias de mis compañeros y jefes inmediatamente superiores. Este es un mundo cruel. Tengo que cuidarme de las puñaladas en la espalda. Ya lo decía mi madre. Mi madre… No dejes que nadie te pisotee, no permitas que nadie te haga de menos, ten cuidado con los comentarios y los celos, que la gente es mala por naturaleza, no te fíes de nadie, no escuches a nadie, no te creas nada, no seas nada… Mi madre… No soy nada, madre. Nunca seré nada. Aquí permaneceré por siempre jamás, como el fantasma que siempre quisiste que fuese, sin levantar sospechas, sin ser nadie, sin que nadie diga nada sobre mí, sin personalidad, sin sonreír, centrándome en mi trabajo, en aquello por lo que una vez, no hace mucho tiempo fui concebido, para ser un hombre gris de mentalidad gris y pensamientos vacuos. Solo soy un chico normal que contempla sin complejos cómo su compañero de trabajo se estruja el pene para que crezca de tamaño.

martes 20 de octubre de 2009

ASPIRINAS


“…y entonces comencé a sentir algo que nunca antes había experimentado como si un cable eléctrico pasase por el mismo centro nervioso de mi cuerpo ¿no te diste cuenta?... Claro que no… tú siempre estás a tu aire pensando en mil y una tonterías sin reparar siquiera en mi presencia…” Eso no es del todo cierto, es difícil no saber que ella está aquí conmigo, sentada justo delante de mi, parloteando todo el santo día, a todas horas, a cada instante, mientras permanecemos encerrados en esta habitación diáfana de reducidas dimensiones, en la que no existe ni puertas ni ventanas ni ningún otro agujero por el que poder salir o entrar, la luz de una bombilla que cuelga del techo ilumina nuestros cuerpos deformes, rotos, sesgados, dándoles una apariencia de plástico viejo a nuestras pieles amoratadas y llenas de heridas, desnudos estamos, el uno frente al otro, sentados, conviviendo con el hedor que desprenden nuestros sucios cuerpos, con el aire viciado que proviene de su garganta y que no deja de escupir con cada palabra que pronuncia, veo su cuerpo, deseo su cuerpo imperfecto, dos pequeños muñones en vez de brazos que mueve de arriba abajo, como intentando levantar el vuelo, cada vez que se anima en algo que está diciendo, lo cual suele ser frecuente, la miro y veo a una mujer que ha sufrido que aún conserva vestigios de una belleza que se ha ido borrando con el paso del tiempo, mientras sus pechos erguidos parecen estar llamándome en susurros fantasmales, “…¡deja de mirarme las tetas! ¿Has escuchado algo de lo que he dicho? Para qué, ¿verdad?...No me mires así… No soporto esa mirada viciosa que me echas cada dos por tres…” Es cierto, no me soporta, y creo que yo tampoco la soporto a ella, todo el día hablando, diciendo incongruencias que ni siquiera ella se cree, frases inconexas, vivencias que en realidad nunca tuvo, mentirosa, bocazas, bajo la vista y veo los dos muñones que tengo por piernas, pequeños, no más grandes que mi pene erecto, y no recuerdo en qué momento del pasado alguien me las cortó, la pareja perfecta, ella sin brazos y yo sin piernas, encerrados en este habitáculo de dos por dos por dos, donde el sudor forma pequeñas y densas capas de niebla y el tiempo se paró hace una eternidad, mas no puedo dejar de mirar sus pechos y ese sexo que aún no ha conocido hombre alguno, supongo, y que se esconde tras una negra mata de vello púbico, puedo oler la sequedad de su vagina, la putrefacción de su útero sin usar, y siento decirlo, pero estoy notando cómo la excitación empieza a calentar mi sangre y en consecuencia mi pene comienza a inflarse, despidiendo de inmediato un desagradable olor que solo yo soporto, ella arruga la nariz disgustada, pero eso no la impide continuar hablando, rajando, machacando los oídos de éste que os lo cuenta, “…¿Ves mi muñones?... Son tuyos si quieres… Lámelos… Mastícalos… No quiero seguir viviendo en este agujero por más tiempo… Me es imposible… Hubo una época en la que fui feliz, creo, pero eso pasó hace muchos años, si es que realmente ocurrió, pues no estoy segura de nada… Y no estabas tú, o al menos no eras tú… Me acordaría de tu cara y del olor que desprenden tus pelotas…” Eso es, así, que hable, no me importa, cierro los ojos, me excita su charla elevada al paroxismo, cómo modula las palabras, cómo pronuncia cada letra, la saliva que sale despedida de su boca y que aterriza en mi piel seca, agarro mi pene erecto encajando los dedos en las formas que se han ido haciendo a lo largo del tiempo en el miembro después de muchas masturbaciones en serie como único divertimento, fricción fricción, toda mi sangre se concentra en la punta de mi sexo, “…ya estás de nuevo… No sabes hacer otra cosa que meneártela… No te importa lo que diga o haga, pues aunque te parezca lo contrario, también te afecta… ¿Por qué he terminado donde estoy?... ¿Quién me amputó las piernas?... ¿Quién nos metió aquí?... Es esta una pesadilla de la que no recuerdo el principio y mucho me temo que no tenga final… Final… Mi final… Por mí como si te pudres… Intento pensar en otros momentos en los que no estabas conmigo…” Concentro la mirada en sus pechos amoratados, en sus pezones resquebrajados que me invitan a chuparlos, morderlos tal vez, arrancarlos de cuajo y dejarme alimentar por la leche que en ellos se almacena, miro sus muñones, tan bellos, tan perfectos en su imperfección, miro su boca, sus labios cortados de un color parecido a la carne cruda, miro sus ojos tristes, sin esperanza, aislados de todo lo que les rodea, el miedo se refleja en su cara, la rabia también, el enfado de ver cómo no atiendo a sus palabras, a su discurso eterno que no me deja vivir, siento las neuronas chocar entre ellas, rasparse en fricciones metálicas, creo que estoy alcanzando el clímax, creo que me voy a correr, aaaaaahhhhhhhh!!!!!! “…Eso es… descarga lo único que te queda sano… valiente degenerado…” Y un enorme chorro de semen grisáceo sale a presión de mi pene envenenado, chocando contra la pared de enfrente, formando un enorme charco de color vaporoso que moja el trasero de mi compañera, la cual mira con desagrado la escena, pero no se aparta ni un centímetro “…Me das asco, tanto o más que el primer día que te vi… ¿Cuándo fue eso?... Sin duda tuvo que haber un principio, un momento primigenio, pero ¿por qué no consigo recordar?... ¿Acaso recuerdas tú?... No creo que sepas qué es eso… Míranos, encharcados con tu papilla hasta las orejas y oliendo peor que una cuadra… ¡No te puedes controlar! Me imagino que no… Eres todo deseo, todo vicio, todo semen sudor y vísceras…” Cierro los ojos, no quiero oírla más, me cansa el sonido constante de su voz, la monotonía de sus movimientos y sus expresiones, desearía que desapareciera, que se esfumara, que me dejase solo aquí, pero es imposible, ¿por dónde? Entonces, sin que yo haga nada al respecto y por propia iniciativa de mis músculos y huesos, noto como la boca se me abre al mismo tiempo que va creciendo de tamaño hasta adquirir unas dimensiones descomunales que abarcan toda la habitación, ella no le da importancia y sigue hablando, y sigue, y sigue, y noto cómo mis encías sangran al crecer mis dientes, mientras la lengua se mueve viscosa en el interior, el peso es indescriptible y caigo de pecho sobre el suelo, la boca esconde  a la mujer entre sus dientes y labios, y no hace falta decir que ni esto consigue hacerla callar, solo que ahora se trata de un murmullo que desaparece de inmediato en el momento en el que cierro la mandíbula y parto su cuerpo por diferentes mitades, noto el sabor amargo de su cuerpo, trituro sus cartílagos, músculos y huesos, saboreo su sangre espesa, mastico con lentitud, hasta haber convertido a mi compañera en una papilla digerible que me trago de inmediato, ahora la tengo dentro y la boca vuelve a su posición y forma habitual, cierro los ojos, necesito descansar, pero entonces veo como salen unas pompas extrañas del charco de semen y me acerco arrastrando el cuerpo para verlo mejor, hasta que de repente, un brazo emerge del interior y se agarra con fuerza al suelo, en seguida le acompaña el otro brazo y la cabeza y el torso de un hombre bañado completamente en mi sustancia vital, cuando por fin sale del charco puedo comprobar que es un hombre que carece de piernas y está completamente desnudo, como yo, me quedo gratamente sorprendido al ver que se sienta frente a mi, y tras limpiarse la cara como puede y ver que posee cierto parecido conmigo, sonreímos los dos al unísono  sinceramente

lunes 19 de octubre de 2009

NOIR

Levanto la cabeza de debajo de la toalla, después de haber estado un tiempo prudencial aspirando vapores medicinales que consigan aliviar este catarro que se ha estancado en mi pecho durante semanas. Miro a mí alrededor, observando con desidia las paredes negras de mi habitación y las cuatro puertas que hay en cada una de ellas. Viejas puertas que han aparecido de la nada y sin que me plantee demasiado su existencia. Al menos allí no estaban cuando hundí mi cabeza en la oxidada cacerola donde se cocían las hojas de no sé qué árbol. Es más, cuando veo que un rayo de luz sale de la cerradura de una de ellas, me levanto de la silla desvencijada en la que me he sentado y muevo mi enjuto y desnudo cuerpo hacia allí, pegando el ojo en el frío hierro. Veo. Observo. Veo una habitación que no conozco y en la que nunca antes he estado. Tiene todos los visos de ser una habitación de mujer, pues los adornos que en ella descansan y la luminosidad que encierra así me lo indican. No pasan más de treinta segundos antes de comprobar que no me equivoco. Una mujer en la frontera de los cuarenta, de roja melena y piel blanquecina, entra en la habitación restallando los tacones de sus zapatos contra el suelo. Se la ve cansada, abatida, después de lo que supongo ha sido una dura jornada de trabajo. Oscuras sombras se dibujan debajo de sus ojos, aunque eso no le hace perder un ápice de la belleza que atesora. Mi corazón bombea a toda velocidad, como un motor desbocado, al ver que comienza a desnudarse, a quitarse ese traje-chaqueta negro que dibuja sus formas aunque no las potencia. Cuando se queda en ropa interior, la erección que emerge en mi entrepierna duele tanto que creo que mi pene vaya a estallar de un momento a otro, y cuando esa ropa interior se desliza suave por el aire hasta caer al suelo, no puedo reprimir un gemido que ahogo como puedo entre mis manos, no vaya a ser que me oiga. La mujer se acuesta desnuda en la cama y apaga la luz, quedando mi visión totalmente a oscuras. Me siento en el suelo, temblando de pies a cabeza, atónito y excitado ante lo que mi ojo ha contemplado. Hacía tiempo que no veía un cuerpo femenino desnudo, y menos de tal belleza y cuasi perfección, pues incluso los detalles más imperfectos, consigo apreciarlos y excitarme con ellos. Por eso, cuando un nuevo rayo de luz emerge de la cerradura de la puerta situada a mi izquierda, arrastro mis rodillas por el oscuro y sucio linóleo tan deprisa como mis piernas me lo permiten, sin apenas sentir la abrasión que me produce el roce de mi piel contra el suelo. Abro bien el ojo, rebotando en el la claridad que despide el otro lado, y observo en silencio. La misma habitación, la misma mujer, esta vez sentada en la cama y con un vestido distinto al anterior, pero de tonalidades igual de grises. Recoge su pelo en una cola de caballo que cae lacea por su espalda. Mi boca se seca al instante. La mujer parece estar llorando, aunque reprime sus lágrimas como puede. Suspira y se levanta de la cama secándose las escasas lágrimas que han escapado de sus expresivos ojos. Abre el armario y comienza de nuevo a desnudarse, colocando cuidadosamente cada cosa en su sitio, mientras muestra su cuerpo, blanquecino y tentador, sin saber que alguien la observa. Es como una muñeca de porcelana, frágil, en la que el color de su cabello contrasta con la palidez de su piel. Veo esos pechos de medida perfecta, cuyas aureolas se elevan por el frío de su desnudez; ese pubis rojizo como una hoguera en la que me gustaría arder por siempre jamás. Y paseo la lengua por mis labios cortados sin ser consciente de ello. La mujer se mete en la cama, apaga la luz y escucho de nuevo los suspiros y llantos que en mitad de la oscuridad ya no puede reprimir. Otra vez me quedo con un calor abrasante quemando mis venas transparentes y haciendo hervir mis entrañas. Toda imagen que tengo en mi mente es el recuerdo de su cuerpo, su rostro. Entonces, un nuevo hilo de luz sale de la tercera puerta, y no es necesario decir que me vuelvo a dejar las rodillas en el suelo, sin importarme, sin darle mayor importancia, sin dolor, y con el corazón y los pulmones a punto de salir por mi boca. Pego mi ojo irritado en la cerradura. Veo, observo, y apenas me muevo. Y esta vez la escena es totalmente distinta. La mujer está acostada en la cama, durmiendo, supongo, descansando al menos, cuando entra un hombre cuyo rostro no consigo adivinar, pues es como si estuviese difuminado, como si sus rasgos se hubiesen borrado o mi ojo no fuese capaz de verlos, distinguirlos. El hombre se acerca lentamente a la cama, procurando no hacer ruido, mientras su mano empuña un cuchillo de cocina de punta redondeada. Tiemblo ante lo que veo. Me temo lo peor. Entonces, el hombre tapa la boca de la mujer en un movimiento rápido y violento, lo que hace que ésta se despierte asustada, presa del pánico, sin saber qué está ocurriendo, y cuando es consciente de la situación, recibe la primera puñalada en el pecho, haciendo que la sangre roja emerja de un cuerpo que he deseado hasta hace unos segundos. Me aparto de la puerta aterrado, llevándome la mano a la boca, ahogando un alarido que envenena mi garganta. Me levanto del suelo y pese a mi desnudez y una erección que ha bajado casi de inmediato, intento abrir la puerta sin conseguirlo, dando fuertes golpes a la madera, castigando mis pies contra ella, sin obtener ningún resultado positivo. Me dirijo entonces a la cuarta puerta, la cual se abre de inmediato, y corro a través de pasillos oscuros en los que a punto estoy de dejarme el rostro contra las paredes por la escasa visibilidad que hay. Veo una luz al fondo y me desplazo tan deprisa como puedo hacia ella, aparcando mis pulmones enfermos en algún momento de la intensa carrera. Cuando traspaso el arco que da directamente a la habitación de la mujer, la luz se incrusta en mi cuerpo. La sangre del suelo, de la que no me percato en un primer momento, hace que resbale de tal forma que caigo al suelo en un estruendoso y violento golpe, dejando mi cuerpo desnudo maltrecho y totalmente manchado de sustancia roja pegajosa. No puedo hacer otra cosa que gritar aterrado, asqueado ante la visión de una habitación cubierta de sangre y un cuerpo, el de la mujer, apenas reconocible por la violencia con la que el hombre se ha ensañado en él. Me levanto como puedo, sin poder evitar resbalar un par de veces más y caer de nuevo al suelo. Y cuando me quiero dar cuenta, observo, con el miedo pinchando en el centro mismo de mi sistema nervioso, cómo alguien me observa a través de la cerradura de la puerta. El ojo desaparece en el mismo momento en el que se da cuenta de que ha sido pillado. Me acerco a la puerta, con el cuerpo temblando, con la mente en blanco, sin saber, sin comprender, y tiro del picaporte, abriéndola de par en par, encontrándome de frente a un policía que me apunta directamente a la cabeza con su arma. Afuera llueve, mientras una multitud curiosa se agolpa para observar mejor qué ha pasado. Levanto los brazos al salir y notar que la lluvia golpea mi cuerpo desnudo, limpiando mi piel ensangrentada, enfriando la fiebre que me atenaza. Entonces, el policía me tira al suelo y coloca uno de sus pies en mi espalda, sin dejar de apuntarme y dispuesto a disparar en cualquier momento, ante cualquier movimiento. Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el pavimento mojado, no comprendiendo nada, no sabiendo nada.